lunes, 26 de octubre de 2009

Unicornios queriendo estar en otro lugar


Una noche de lluvia seca como las lagrimas en los ojos de los niños extraviados, en una vivienda humilde, una madre lee un poema a su niño antes de dormir, la casa caliente, callada, melodiosa, el aire huele a leche tibia, a chocolate y bombón fundido, la alacena vacía, pobre, solitaria, el espíritu lleno. El poema dibuja quimeras en el cuarto y en el céfiro, éstas escapan como pequeños unicornios que cabalgan por un sendero de letras, trotan al compás de la música que se desenvaina de la voz de su madre:


Somos dos pequeños unicornios
Huyendo de esos, los grandes líos
Aguantando esas ganas de llorar
Aguantando las ganas de callar
Qué pasa, mi pequeño unicornio
Que a pesar de correr en el mismo sitio
Jamás seremos en vez de dos, solo uno,
Entendido que es mejor dormirse
Para jamás poder despertar
Para soñar que estaremos juntos
En otro lugar, en otro mundo
Donde nadie jamás, nos podrá separar.


De pronto un estallido interrumpe las palabras de la madre, los cristales estallan, la portezuela principal es abierta bruscamente, los pasos se sienten cada vez más cerca, se escucha el fragmentar de los cartuchos, truenan los muebles, los jarrones, los retratos, la casa es examinada sigilosamente, demolida y violentada; en la habitación del niño una tormenta lo gobierna todo, relámpagos y centellas se arremolinan en el techado, los unicornios no pueden volar y suavemente son abducidos por el vértigo de la borrasca hacia la nada, quedando al asecho de las centellas que parecen perforar el piso, trozar los arboles y desbordar las aguas, la tormenta no cesa, el estallido de los truenos es aterrador, pronto, serán abducidos por el ojo del torbellino hacia la eternidad.
La madre se fue acercando lentamente al unicornio, hundiendo su dorado cuerno en el pecho del pequeño, quien cae rendido en un profundo sueño del cual no despertará nunca.
Los dos duermen sutilmente en la alcoba, en los pasajes de una elegía eterna, ya no hay más tormentas que resistir, ni rayos, ni centellas, ni balas de que cubrirse.
Era una noche de lluvia seca como las lagrimas de los niños extraviados, una madre perece con su niño, la casa caliente, callada, demolida, el aire huele a sangre tibia, a pólvora y temor, la sala derrumbada, pobre, solitaria, el poema continua dibujando figuras en la habitación, en el viento, escapan como pequeños unicornios que cabalgan por un sendero de letras, trotan al compas de la música que se desenvaina de los cilindros de las armas de fuego.

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