Joselillo avanza como una bala sobre la carretera 57, enfurecido y ardiente sobre las líneas discontinuas del asfalto, el plomo se encuentra girando sobre el camino persiguiendo furtivamente su objetivo. No es un tipo de fiar, un tipo al que le huirías si lo encontraras de noche por cualquier esquina de barriada, es un mexicano con estampas de inglés, un yunkie refinado que deja suspiros en las avenidas burguesas y patricias mojando las faldas de las señoritas. Lleva los ojos morados, el Joselillo siempre se carga con enemigos; los nudillos rotos de las manos oprimen el volante en forma de cadena del chevrolet nova sesenta y ocho, la bala sigue flotando en la autopista y eleva violentamente el agua de lluvia por encima del guardafangos, se come las curvas con delicadeza y va girando en trompos el desgraciado.
Es un loco, en sus tiempos violentos Joselillo le rompió la cara a un bar entero porque un tipo desbordo su Martini seco sobre su traje de lino blanco (imitación al que usaba Tony Manero en Saturday Night Fever)
- Esta estupidez te ha salido muy cara hermano, ¿sabes cuánto cuesta este traje?: Mucho más de lo que tu traes puesto en este momento, tu guardarropa entero de trajes de ocasión, el vestido Prada desgastado de tu esposa comprado en una venta de garaje, las ropas sucias de tus hijos retrasados, tu auto listo para el lote de basura, tu casa y pequeñas propiedades que causan lastima, ¡tu vida misma pendejo!
Desenfunda elegantemente la navaja suiza y provoca una abertura en la bragueta del desconsolado tipo, muere de susto, pero aun continua de pie, enseguida un golpe al hígado que le quita al hombre toda la ilusión de dominar la pelea, se tira al piso y Joselillo arremete con clandestinas patadas a la nuca para continuar con la sinfonía de su delgada y sutil navaja suiza que hace bailar en la espalda del infeliz. -¡Qué me ven!- Levanta la vista y la taberna entera muestra la raíz de sus miedos, golpea a cuanto se le pone enfrente y uno que otro valentón se atreve a tocarlo, pero la nena suiza es aun más rápida y coqueta que cualquier Juan sin miedo de fonda barata, sale del sitio al oír la sirena desentonada de los azules.
Pero esta noche la bala sigue su curso y la 57 parece no terminar nunca, el ultimo trompo en la carretera y lo acoge un recuerdo, alguien había dejado un mensaje en el bolso de su chaqueta, estaban en juego algunos cuantos miles ese crepúsculo, había líneas de alcaloide por todo el lugar que bailaban en las narices ingenuas de esa noche, y una que otra acompañante se desnudaba por tres dólares en la piscina, todo estaba sereno, hasta que alguien quiso tomarle el pelo… el argentino, pensó él , hombre de negocios similares, había visto a sus secuaces en la fiesta mientras estaba concluyendo el trato, de reojo vio como "el patotas" se entendía con la morena de la piscina, este hombre tenía un ojo en el trasero de la nudista y otro en el Joselillo; cuando el paquete hubo llegado a las manos de nuestro galán fusil de Travolta, el patotas desenfunda la pistola usando a la mujer de escudo, Travolta bailando con la bala logra disuadirla y empieza la fiebre, las luces de neón se prenden y las fugaces esferas de espejos bajan, los tiros ensordecen el lugar al ritmo de música disco: Ah, ha, ha, ha, stayin' alive, stayin' alive, una bala tras otra, uno que otro diente roto flota en el ambiente, los sombreros de ala bailan también en el aire, el patotas con la musa de escudo logra interrumpir el curso de una bala, la morena cae al suelo en cámara lenta y se apagan sus ojos, otra bala surca el viento, esta vez el pecho descubierto del secuas se ve frecuentado por el plomo. El Joselillo aproxima sus zapatillas blancas, y la sombra de su efigie apaga la silueta del patotas, el galán deja escapar unas últimas palabras para el acaecido: - how deep is your love, da media vuelta y se marcha refinadamente, la fiesta ha acabado, una mano tersa se filtra en sus costillas, dejando una carta en su bolsillo, agudo con los sentidos de un reptil voltea a todas direcciones, el jardín esta oscuro y solitario, emerge tembloroso del lugar, y el nova vuelve a rugir con un estallido que espanta a las criaturas de la noche.
El mensaje dice:
"la nevera de tu madre está llena"
- ¿Qué diablos son esas palabras? La nevera, mi madre, la nevera, mi madre, mi madre, la nevera, laneveramimadre, mimadrelanevera, laneveramimadre.
De pronto los ojos de Joselillo se abren como faros radiantes del Chevrolet que arranca aún con más furia, endemoniado lleva al enemigo en sus ojos.
- mimadrelanevera, ¡MI MADRE EN LA NEVERA!...
La madre de Joselillo, señora de buenas costumbres, maestra de catequesis en la iglesia que ella misma ayudo a erguir en su barrio, persona pequeña e indefensa de ojos que anhelan paz, (o al menos la anhelaban) nada que ver con el Travolta del que hablamos, su casa se encuentra incierta a estas horas, las chapas de su puerta han sido violadas, huele a res por todas partes, a carne de res petrificándose, huele a sangre fresca, misma que escapa en delgados y delicados hilos del refrigerador, dentro de él, una incógnita, un regalo para nuestro bailarín que danza con balas en salones desalumbrados. Dentro del pequeño refrigerador, en lo compacto de la módica nevera, una bolsa negra se arrincona, en ella una silueta, algo que tiene la forma de un cráneo, es una cabeza con la boca abierta y los ojos afianzados, en la nariz alguien ha introducido narcótico a la fuerza, kilogramos de cocaína embutidos rudamente, los cortes en la yugular son imperfectos, torpes, inhumanos… es la cabeza de su madre, que yace en su propia nevera.
El diablo termina por fin con la 57, el Chevrolet nova es como un carruaje de los infiernos, sus ojos granas despojan lagrimas que brillan como las estrellas al abrir el capote del auto, los felinos en el calvario acompañan su dolencia, el Joselillo sigue su camino, buscando como dijimos al principio, su objetivo, construyendo una tumba para algún desdichado, - "el muerto, muerto esta"- dice Joselillo entre dientes, y la bala sigue su curso.
II
“Santa maría de los Buenos Aires, si todo estuviera mejor”
Manuel Santillán
El carruaje se detiene en el domicilio mortuorio de la madre sacrificada, los ojos de los transeúntes y curiosos observan la zona restringida, pero les preocupa más la llegada de Joselillo, en el barrio le apodan el tigre, porque siempre anda cargado de rayas.
El Joselillo extrae el pequeño bulto del refrigerador, acompañado del cartón de leche fría y da un sorbo directo del empaque aun con las manos temblorosas de rabia, para contemplar la masa inerte que la mafia enemiga consideraría como su última obra de arte.
Da un funeral digno en el patio trasero de la pequeña casa y el nova vuelve a rugir, pero ésta vez no con un bufido de motor, si no con el sonido característico de una bomba atómica, ha explotado, el carruaje ha sido saboteado.
- alguien me ha tomado por un pendejo...
Dice Joselillo zafándose puerilmente de la chatarra del auto que aun arde en fuegos, el felino tiene siete vidas y no es la primera vez que pierde una.
El argentino en realidad es un afeminado, sale con chicas agraciadas para no ser abucheado en los barrios pobres en donde él puede pintarse de aristócrata, las presume, les compra joyas y después las deja morir en las esquinas sin una braga con que cubrirse. Un jersey de la selección rioplatense con el número diez y una chaqueta blanca de pana lo caracterizan, está dentro del negocio desde hace diez años, fecha en que salió deportado de su natal Buenos Aires por ciertos nexos con el narcotráfico, ese mismo año un jugador había sido asesinado por anotar un autogol en el mundial de futbol, el no había salido limpio de la jugada.
Por lo tanto no había pistas donde encontrarlo, después de esto, el puñal ha de ser como una puta aguja en el pajar, en esta ciudad de putas, de putas agujas en el pajar, una sobre una, sería difícil encontrarlo, pero como he dicho, al maricón le gustan las putas, y como he dicho también, esta es una ciudad de putas.
El alfil negro es como una base de datos de las putas locales, y de las putas del argentino respectivamente.
- me dirijo inconscientemente después de usar mi helvecia navaja para encender una vespa modelo setenta, una bufanda de lino, un traje de seda aun alisado por lo que fueran las trémulas manos de mi madre, mis puños, el whisky, mis desprecios y todo mi odio engendrado por el culo del demonio para mis enemigos. La puerta está abierta, los adictos que se creen nocivos juegan cartas, los nocivos que se creen adictos juegan con las rameras, una de ellas se estremece cuando me ve y pretende salir del lugar, pero su miedo puede mas que su astucia y sus pies se convierten en dos pesados yunques que la ancoran al escabroso piso del alfil, me dirijo ciegamente hacia su sensual y voluptuoso cuerpo, es una belleza, no podría negarlo, ella es lo único por lo que Dios pude sentirse satisfecho en este mundo de perdedores, pero hoy, el mundo de perdedores no esta satisfecho con ella; usaría a la pequeña suiza para que las nenas estuvieran solas, pero decido dejarlo a la suerte.
Travolta tira del cabello de la ramera trapeando el piso del sótano con sus nalgas de a millón, para interrogarla en una pocilga de cuarto en donde la esperan una silla tenuemente alumbrada por una humilde bombilla roja.
Casandra, pseudónimo artístico de Cecilia Lombardo, la preferida del argentino, a quien nunca le puso la mano encima, insistía en el hecho de que le traía suerte en las carreras de caballos, el Joselillo la había visto por primera vez en el copa cabana al lado de su maricón acompañante, quien ni siquiera le dirigía la mirada, pues tenía clavada la vista en las extremidades de los caballos a través del monitor; cuando el “maltes”, caballo elegido por Casandra ganaba, lo cual pasaba frecuentemente, el porteño deslizaba un billete de a cien por su celestial escote, el copa cabana no era un lugar de putas, pero al argentino eso le importaba poco.
La mirada de Cecilia, la Casandra, pasó por la efigie de Joselillo y se inclino precisamente en su bragueta con un gesto exaltado y sucio, esa acción hizo que el Travolta se viniera sobre sus pantaloncillos blancos, el galán la hubiera tomado en ese mismo lugar, pero el argentino marco terreno. Joselillo esperó en la salida cuando los secuaces del maricón habían tenido que salir en un contingente de película y habían introducido en un roll royce a Cecilia, al momento en que Joselillo encendía el Chevrolet para seguir a la otra galera, quien al saberse envestido se perdió en las obscurecidas calles de la proliferada metrópolis. Danzando en trompos, trozando postes, destrozando leyes vehiculares, el Joselillo pretendía dar con el automóvil que conducía en tangas a su dulce amor de cinco segundos, pero nunca dio con él.
Y ahora que la tiene enfrente no puede más que arrojarle una bofetada con mano de martillo.
- ¿Dónde está?
La mujer, que parecía con la mirada preguntarle ¿Quién? rompía en llanto, ¡quien más va a ser!, ¡el maricón! ¡El argentino de mierda que se cree Maradona! ....
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Bien, Fredie, me dejaste en el monitor. Tienes FUERZA ! :)
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