martes, 21 de julio de 2009

Un tango con mucho frío



Se sintió indeleble, ante la monótona inseguridad que presidía por las calles, sus pasos duros y confiados hacían temblar el pavimento, y el eco de sus tacones anunciaba su llegada al Copa Cabana, hacía tiempo que no se sentía tan seguro, no desde aquella vez en que el maltes había triunfado por una cabeza en la carrera del año, misma noche en que había conocido al amor de sua vida y que ahora se había convertido en un gravamen más para su errada existencia, pues los lujos de modelo retirada resultaban más caros que el equivalente a la cabeza del maltes, si ésta estuviese en venta; estamos hablando de hace diez años y cien mil dólares en el pasado, su popularidad de nuevo rico le valió para colarse en los ambientes más naif de la metrópoli y vender todo tipo de narcóticos a todo tipo de individuos, ahora su rostro de rufián se estampaba públicamente en los muros de los barrios mezquinos para solicitar su captura, con una larga condena y el mínimo de recompensa, su cabeza valía mucho menos que la bellaca cabeza de un equino, qué vergüenza, se decía él, qué vergüenza ñato, sacudiéndose el sombrero de nítida nieve que caía a borbotones, limpiando la porquería de las calles y llevándose el calor de los prostíbulos. Ver caer la nieve sobre Buenos Aires era algo así como haber sido testigo del descubrimiento de América por Cristóbal Colón. De modo que todos en Buenos Aires deberían estar entre deslumbrados por el inusitado espectáculo y, a la vez, molestos por el frío, pero para Joselillo aquello era una punzada de buena suerte, porque tendría las callejas para él solo.. Aquella luna ninguna patrulla arribó a su presencia, ningún truhán se intercepto por su vía, ninguna cuchilla amedrentó su persona, hasta los hombres pudientes se bajaban de la acera, ensuciando sus zapatillas de ocasión con las aguas para dejar que el Joselillo pasara libremente por la banquetilla, ya se auguraba la impaciente reconciliación con el sexo opuesto, y por poco podía oler la fragancia sobre los pechos de una mujer que no cobrara por sus caricias, una de esas que suelen usar bragas nuevas y no roídas o ambarinas como las pertenecientes a las del Copa Cabana, una mujer de a deberás. La suerte le había llegado en forma de temporal aquella noche, después de tanta sombra.
Le confirió la suerte al cigarrillo, el cigarro huérfano, el ultimo cigarro de la cajetilla que le había brindado Juan Mostaza, no creía en ese pauta de augurios, pero aquella noche era lo más lógico - ¡Santo Mostaza de los boleros de Gardel, Dios te bendiga, che!, pero ¿Cuánto dura la suerte de un cigarrillo? ¿Cuánto dura la vida para estar pensando en la suerte de un cigarro?, un cigarro es la metáfora de la vida, que se enciende con la intensidad de las flores de abril y se consume con el frio de diciembre, se cumple la ultima chispa en el infierno que no existe, pero que duele todos los días, y todos los días se busca para zafarse de ese infierno ficticio, de esa consumación de la vida. Eran los pensamientos de un Joselillo en resurrección, después de años de interminable espera, de añejar el whisky en la gaveta, de guardar el traje de lino blanco que aquella noche se veía más inmaculado que en ningún tiempo, camuflajedo con la nevada de las calles y la nieve de su cabello, la escarcha que había dejado el tiempo.
Ya auguraban los pasos su llegada, vaticinaba el temporal la calma, el Copa Cabana resplandecía como antiguamente lo solía hacer, todavía se exprimían de sangre los fregones que limpian sus pisos y la armonía de golpes se escuchaba melódicamente, sentía por lo ardiente de sus puños que había resurgido de alguna manera, elevando los brazos como alones de ave fénix para peinarse, se juzgó en el sitio adecuado.
Entrando el lugar se quedó chico para su presencia, el unísono de exclamaciones era ideal para sus oídos, y la imagen colectiva de las bocas abiertas le suministraba aliento, el Copa Cabana quedó enmudecido, ¿pero cómo se había atrevido?, Sí entrar a ese lugar para Joselillo representaba la tumba, expresaban al unánime, los cartuchos cortaron al son del compas, uno después de otro, rítmicamente, nadie supo de donde salieron tantas metralletas, ni tantos hombres con metralletas, los hombres de bardí, que detrás, amurallados por sus putas vociferaba: Ponele "¡Qué noche!", Joselo, bonita noche para salir de chito. Joselillo pudo haber experimentado todo tipo de sensaciones o acaso ninguna, ya que estaba completamente abstraído, tarareando las notas de un tango que se le acababa de ocurrir. La inspiración suele llegar cuando se le antoja y, a veces, no en el momento más propicio para crear una obra de arte y aquella era no precisamente una pieza de música. Enfundado sólo por su navaja suiza se puso a bailar la milonga en el pescuezo de los hampones. Y ahí estaban Juan Mostaza, y el chino Moncada, el muñeco y el marquesito a la entrada del Copa, cuidando la espalda del Travoltita, y tras los hombres armados con pequeñas calibre veinticinco las mujeres del Joselillo, impidiendo que estos tiraran del gatillo. Pucha, pero qué noche tan larga.
Aún hay tangos che, de aquella noche, de aquel hombre, de aquella leyenda, inscritos por fieles seguidores en su mausoleo, en su soledad:
Un whisky doble para el alma, dura vita, sed vita

miércoles, 15 de julio de 2009

Nosotros los ciegos


Nosotros los ciegos soñamos que vamos montados sobre orcas que se elevan por ciudades pasteurizadas, soñamos que tenemos muelas en los dedos y quinqués en los pies, soñamos que nos derrumbamos sobre la tierra cada noche y cada noche es como un eterno caer sin despertar, soñamos con ásperas murallas que no terminan nunca, con murmullos de señora y maullidos de gato, con el pánico a no tener miedo, con frecuencias distantes y negruras que bailan entre nosotros, los ciegos soñamos virando la cabeza para advertir lo que soñamos y no soñamos, olfateamos los pesadillas de los demás, escuchamos a las quimeras decir su bonnes nuits lapin, y vivimos en el ámbar dominante de la ofuscación, soñamos a veces con algarabías de indios quechuas y cantos de salvación de incas muertos, soñamos con el apéndice, con las vísceras a falta de orientaciones, se sueña sobre una cama de ébano rodeada de flores de adormidera, con Fantaso y con Ceice porque Morfeo también fue ciego. Todas las noches se sueña con la parábola, porque todo sueño es un simulacro de la verdad. Un sonoro olor a pastizales, sin brillo (en silencio) asoma su escafandra, es La luna de los ciegos.



Se sueña regularmente con perros lazarillos que nos llevan por senderos áureos porque la ceguera no es la ausencia de la luz, si no la totalidad de la nada. Nosotros los ciegos soñamos con despertarnos continuamente, para poder al fin cerrar los ojos.

martes, 14 de julio de 2009

Vicio profundo





Cola de relámpago,
remolino de muertos.
Con el vuelo que llevan,
poco les durará el esfuerzo.



Juan Rulfo (La fórmula secreta)




Con la silla sentada en el cuerpo y puestos los dedos en el ardid, el piso rasgándome las uñas, el aliento cortándome las ansias, matándome las ganas de probarla reiteradamente, con mis ojos en la materia sobre la mesa y la mesa en mis ojos con la materia sobre ella, y ella pasiva, dando tiempo a la colisión, ocupando el espacio exacto en la mesilla, adosándome con las manos temblorosas, acercándome mecánicamente a la masa, observo cautelosamente el volumen y el granel justo a mi dependencia, que coexiste en la cocina, por donde se filtran los rayos de sol estrellándose con el botellón, alumbrando el brebaje oscuro que burbujea y borbotea, causándome sensaciones de deseo y contagio líquido en todo el organismo, por donde fluirá la infusión que se ha vuelto vicio y degradación, tornándose en condena por el resto de mi vida que es pena y la pena es mejora cuando se percibe el gas que se emerge, expulsado por los auras, llegando hasta mi fauces, invitándome a probar la gloria pintada de negro fuliginoso, como la inmensidad que gobierna en este espacio, donde los trastos dolientes se conjugan con la soledad y los cálices ansían cada vez más tu pócima, denotando el vacío en su interior, haciendo notable mi ansiedad plagada de sinuosa sed, que quema y arde en la garganta y en las venas, por donde arrasará el torrente de tus aguas cautelosas, mismas que habitan en tu forma de féretro vetusto y metáfora sin filo de la mujer que no tengo, pero que me hace falta, al igual que me haces falta tú, vicio secreto, profundo vicio, ampolla de los tiempos, conciencia de azúcar y mineral humillante del mundo, mal de los resignados; pues mis manos han de palparte y mis labios apreciarán el alivio de tu formula secreta de veneno disoluto, que en el rojo acabado de la grafía cursiva, responden al nombre en la concisa botella de coca cola.