Le confirió la suerte al cigarrillo, el cigarro huérfano, el ultimo cigarro de la cajetilla que le había brindado Juan Mostaza, no creía en ese pauta de augurios, pero aquella noche era lo más lógico - ¡Santo Mostaza de los boleros de Gardel, Dios te bendiga, che!, pero ¿Cuánto dura la suerte de un cigarrillo? ¿Cuánto dura la vida para estar pensando en la suerte de un cigarro?, un cigarro es la metáfora de la vida, que se enciende con la intensidad de las flores de abril y se consume con el frio de diciembre, se cumple la ultima chispa en el infierno que no existe, pero que duele todos los días, y todos los días se busca para zafarse de ese infierno ficticio, de esa consumación de la vida. Eran los pensamientos de un Joselillo en resurrección, después de años de interminable espera, de añejar el whisky en la gaveta, de guardar el traje de lino blanco que aquella noche se veía más inmaculado que en ningún tiempo, camuflajedo con la nevada de las calles y la nieve de su cabello, la escarcha que había dejado el tiempo.
Ya auguraban los pasos su llegada, vaticinaba el temporal la calma, el Copa Cabana resplandecía como antiguamente lo solía hacer, todavía se exprimían de sangre los fregones que limpian sus pisos y la armonía de golpes se escuchaba melódicamente, sentía por lo ardiente de sus puños que había resurgido de alguna manera, elevando los brazos como alones de ave fénix para peinarse, se juzgó en el sitio adecuado.
Entrando el lugar se quedó chico para su presencia, el unísono de exclamaciones era ideal para sus oídos, y la imagen colectiva de las bocas abiertas le suministraba aliento, el Copa Cabana quedó enmudecido, ¿pero cómo se había atrevido?, Sí entrar a ese lugar para Joselillo representaba la tumba, expresaban al unánime, los cartuchos cortaron al son del compas, uno después de otro, rítmicamente, nadie supo de donde salieron tantas metralletas, ni tantos hombres con metralletas, los hombres de bardí, que detrás, amurallados por sus putas vociferaba: Ponele "¡Qué noche!", Joselo, bonita noche para salir de chito. Joselillo pudo haber experimentado todo tipo de sensaciones o acaso ninguna, ya que estaba completamente abstraído, tarareando las notas de un tango que se le acababa de ocurrir. La inspiración suele llegar cuando se le antoja y, a veces, no en el momento más propicio para crear una obra de arte y aquella era no precisamente una pieza de música. Enfundado sólo por su navaja suiza se puso a bailar la milonga en el pescuezo de los hampones. Y ahí estaban Juan Mostaza, y el chino Moncada, el muñeco y el marquesito a la entrada del Copa, cuidando la espalda del Travoltita, y tras los hombres armados con pequeñas calibre veinticinco las mujeres del Joselillo, impidiendo que estos tiraran del gatillo. Pucha, pero qué noche tan larga.
Aún hay tangos che, de aquella noche, de aquel hombre, de aquella leyenda, inscritos por fieles seguidores en su mausoleo, en su soledad:
Un whisky doble para el alma, dura vita, sed vita


