Abrocha las mancuernas con el rostro plantado en el espejo, las sirenas resuenan bajo el apartamento, entran sigilosos los himnos de la calle, las alarmas, los disparos y los neumáticos besando escabrosamente el pavimento. Sobre los labios decrece el cigarrillo acoplado de lado en el filo de su boca, dejando escapar pequeños bostezos de humo que difuminan la imagen proyectada en el espejo, los pasos sobre las escaleras se perciben cada vez más latentes, la vieja pistola colt que duerme dentro del placard está ansiosa por ser cargada, las inscripciones en el mango delatan con orgullo en distinguidas grafías de oro el nombre del portador: Joselillo Artaud. Con el dedo pulgar y el índice sobre las persianas observa tranquilo la furia de la metrópoli, la barricada bajo el edificio que se concibe en su honor. Aquel día en que había puesto a trabajar a toda la guardia entera, custodiando, inquiriendo en cada cantina, cada cabaret sucio, oprimiéndolo por toda la ciudad hasta este punto. Después de todo se sentía satisfecho, honrado de que un ciento de policías fueran ordenados para su captura, por fin se había convertido en un hombre importante, no lamentaba su sangre fría, su falta de pasión, ni su incapacidad para expresar lo que ahora veía tan claro; deseaba que aquella redada no fuera necesaria. Imaginó entonces el cortejo fúnebre que lo acompañaría el día de su muerte, la forma en que se relataría su vida en una biografía, los niños que llevarían su nombre, y la vieja casa de su madre convertida en museo, puedo sentir el alivio corriendo por todo su cuerpo, circulando desde la punta de sus pies hasta llegar a sus manos y sus dedos, aquel alivio personificado, queriendo apretar el gatillo. La puerta detona con el estruendo característico de una escopeta, pero la portilla que es igual de pertinaz que el infortunado aun se insiste de pie, le queda tiempo para pensar en su destino, observa el espejo que muestra la figura desolada de aquel flaco cuerpo, el traje de lino blanco hostigado por el rojo de la sangre, y el golpe amoratado bajo su ojo, el golpe eterno que siempre lo acompañó con la noche misma, la ciudad de ricos, y las calles mojadas; los ojos en el espejo como dos interrogantes, abriéndose paso hacia ningún sitio concreto, el corazón a toda pastilla, diciéndose aquello “ el muerto, muerto esta” caminó hasta la parta trasera del cuarto, donde la puerta reinaba, justo donde los policías estaban dispuestos para entrar, los ojos pegados, hipnotizados en la ventana que mostraba el azul índigo del cielo, corrió desmesurado y como una aguja paralizo su cuerpo en un salto montés, la ruptura del vidrio resonó en toda la habitación, dejando esquirlas por todo el aire, sintió sus manos chocar con el vidrio agudo, sus brazos, su cabeza y torso en una suntuosa cámara lenta, hasta quedar entregado al cielo, el aire puro de la ciudad en las alturas, ¡Santa María de los Buenos Aires, todo está mejor! sus palabras al viento y el cráneo tronó sobre el pavimento.
¡Corte y queda! Se apagan las luces, los hombres sobre la acera de enfrente prenden cigarrillos y conversan entre sí, un micrófono dinámico se aleja del cuadro y la cámara retrocede en un eterno zoom back, el director se dirige al actor que limpiándose el color escarlata artificial número cinco trata de pararse del asfalto, ¡estuviste perfecto, con esta te consagras! El actor consigue atajarse por fin del empedrado simulado del set. Pero el Joselillo que yace en el celuloide no volverá a levantársele nunca, ni sus ojos amoratados volverán a surgir desde el viejo chevrolet nova sesenta y ocho blanco.
¡Corte y queda! Se apagan las luces, los hombres sobre la acera de enfrente prenden cigarrillos y conversan entre sí, un micrófono dinámico se aleja del cuadro y la cámara retrocede en un eterno zoom back, el director se dirige al actor que limpiándose el color escarlata artificial número cinco trata de pararse del asfalto, ¡estuviste perfecto, con esta te consagras! El actor consigue atajarse por fin del empedrado simulado del set. Pero el Joselillo que yace en el celuloide no volverá a levantársele nunca, ni sus ojos amoratados volverán a surgir desde el viejo chevrolet nova sesenta y ocho blanco.


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