
La noche era profunda, el teléfono sonaba neciamente, insistentemente, tal vez Bucoy debería ponerse a trabajar, pero la rubia que lo hacía sonreír hacía que esto sonara tan estúpido, como la misma rubia que lo distraía. Muy en el fondo, en una lujosa sinfonola as time goes bye sonaba colmadamente llenando el aire con la nostalgia de Casablanca, el mismo Coleman era como un personaje salido de un filme de los años cincuenta, su traje negro con raya de gis y el sombrero de ala del mismo color recordaban las andanzas de Lucky Luciano por los suburbios. Retuerce la boca después de dar un sorbo a la pequeña copa de Daiquirí.
- Veinte años trabajando en esta barra y aún no sabes cómo preparar un buen cóctel, qué tan difícil es mezclar ron oscuro, sirope de guinda, jugo de limón, cerezas frescas y hielo en trozos. Vamos Bucoy, no sabes hacerle el amor a tu esposa, no sabes como asesinar a un hombre, no sabes administrar un negocio, todas esas cosas podre perdonártelas, ¡pero cuando no sabes preparar un buen trago estas perdido! Sírveme solo un poco de whisky escocés con soda ¿quieres?
Tomó el trago escépticamente y siguió puerilmente las líneas de la vieja canción “no debes olvidar, besar, siempre es besar, igual que suspirar, y lo fundamental será, que el tiempo va” al momento en que los adornos navideños resplandecían en el interior iluminando los rostros abatidos de los hombres solitarios frente a sus tragos, a quienes cantaban tiernamente como si sus copas fuesen a convertirse en la mujer ausente.
Coleman observaba meditabundo por el cristal de la ostentosa tertulia, el malecón se presentaba más amargado que de costumbre, las personas ya no corrían con prisa de vuelta a casa con los bolsos llenos de regalos, ni los niños prendían la pólvora que parecía iluminar el mar y el desembarcadero entero, solo la luna doliente alumbraba aquel pedazo de océano olvidado del mundo. Las olas se quebraban sin fuerza en las faldas del dique y hacían estremecer los pies de los hombres afligidos que llevaban en sus manos un pequeño trozo de pavo para la cena de aquella noche.
-Ya no es lo mismo Bucoy, antes se le robaba con ingenio al que tuviera algo que se le pudiera robar, se podía traficar con algo que estuviera prohibido por la ley, podía vivirse de los frutos negros de esta ciudad, ¿que vamos a suministrar ahora? Con que diablos vamos a traficar en esta ciudad de ciegos, trafiquemos sonrisas entonces, sueños, pues pareciera que es lo único que está prohibido en este lugar; ya no es lo mismo Bucoy, ya no anochece igual por aquí, anochece espantosamente, como si nunca volviera a amanecer de nuevo, ya no hay ampones con uniformados tras de ellos, no hay diferencia entre el rico y el pobre, todos están hambrientos y sin ganas de pugnar, ya no se escucha más el mismo caos del ayer.
Decía tristemente acomodando su huesudo trasero en el banquillo frente a la barra de la tertulia, “no importa lo que pasara; el tiempo va”, en su memoria se iban recreando aquellos recuerdos de la juventud, aquella entrañable amistad con el revólver que nunca lo dejaba solo, el estallido y después la caída del enemigo frente a sus ojos, que componían una armoniosa sinfonía en sus oídos, esos mismos oídos que ahora escuchaban el frágil chocar de las copas de todos los gánsteres olvidados de la ciudad. ¿Qué puede hacer un viejo ampón en una ciudad vieja y pobre?, ¿qué puede hacer una ciudad vieja y pobre sin un viejo ampón? todas las ciudades deberían tener sus viejos ampones olvidados, arrinconados en los cafés y los casinos, en las fondas, como un retrato o un trofeo, para recordar que aquella ciudad fue prospera en algún momento.
La profundidad de la noche iba aumentando, así como los recuerdos se amontonaban en la cabeza del viejo Coleman, se arremolinaban punzantes como destellos fugaces, efímeros mismos como las estrellas pobres que aun se podían ver esa noche de natividad, misma noche de carencias en los hogares con viejos de sombreros polvorosos y arcaicos y pequeños niños que esperan la llegada del Nicolás, que se había olvidado de aquella ciudad.
Dentro, en la tertulia, el whisky parecía evaporarse, a lo que Coleman pidió a Bucoy que le trajese la botella entera de Borboun, y siguió colmando la pequeña copa por lo largo de la noche, acompañando el momento con las ratas y los grillos que reñían, los gánsteres ya se habían retirado a sus casas en los viejos Bugattis agujereados. La melodía se coreaba constantemente “la historia se repite, vibrar con las pasiones, triunfar o fracasar, el mundo es para siempre joven, y el tiempo, el tiempo va”
Coleman aventó un fajo de billetes sobre la barra, se reclino el sombrero de lado, peino su delicado mostacho, tomó la pistola por el mango y arrojo aquellas viejas palabras por las que aún hoy se le recuerda en los viejos bodegones, los callejones, las callejas, en las tabernas, los penales, en los casinos y aquí, en la tertulia, hasta la fecha, algunos borrachos aún pronuncian:
Deja de servir tragos, compra un regalo para tus hijos, búscate un traje y dile a Bertha que nunca la olvidé.
