martes, 29 de septiembre de 2009

Deja de servir tragos, compra un regalo para tus hijos, búscate un traje y dile a Bertha que nunca la olvidé.


La noche era profunda, el teléfono sonaba neciamente, insistentemente, tal vez Bucoy debería ponerse a trabajar, pero la rubia que lo hacía sonreír hacía que esto sonara tan estúpido, como la misma rubia que lo distraía. Muy en el fondo, en una lujosa sinfonola as time goes bye sonaba colmadamente llenando el aire con la nostalgia de Casablanca, el mismo Coleman era como un personaje salido de un filme de los años cincuenta, su traje negro con raya de gis y el sombrero de ala del mismo color recordaban las andanzas de Lucky Luciano por los suburbios. Retuerce la boca después de dar un sorbo a la pequeña copa de Daiquirí.
- Veinte años trabajando en esta barra y aún no sabes cómo preparar un buen cóctel, qué tan difícil es mezclar ron oscuro, sirope de guinda, jugo de limón, cerezas frescas y hielo en trozos. Vamos Bucoy, no sabes hacerle el amor a tu esposa, no sabes como asesinar a un hombre, no sabes administrar un negocio, todas esas cosas podre perdonártelas, ¡pero cuando no sabes preparar un buen trago estas perdido! Sírveme solo un poco de whisky escocés con soda ¿quieres?

Tomó el trago escépticamente y siguió puerilmente las líneas de la vieja canción “no debes olvidar, besar, siempre es besar, igual que suspirar, y lo fundamental será, que el tiempo va” al momento en que los adornos navideños resplandecían en el interior iluminando los rostros abatidos de los hombres solitarios frente a sus tragos, a quienes cantaban tiernamente como si sus copas fuesen a convertirse en la mujer ausente.

Coleman observaba meditabundo por el cristal de la ostentosa tertulia, el malecón se presentaba más amargado que de costumbre, las personas ya no corrían con prisa de vuelta a casa con los bolsos llenos de regalos, ni los niños prendían la pólvora que parecía iluminar el mar y el desembarcadero entero, solo la luna doliente alumbraba aquel pedazo de océano olvidado del mundo. Las olas se quebraban sin fuerza en las faldas del dique y hacían estremecer los pies de los hombres afligidos que llevaban en sus manos un pequeño trozo de pavo para la cena de aquella noche.

-Ya no es lo mismo Bucoy, antes se le robaba con ingenio al que tuviera algo que se le pudiera robar, se podía traficar con algo que estuviera prohibido por la ley, podía vivirse de los frutos negros de esta ciudad, ¿que vamos a suministrar ahora? Con que diablos vamos a traficar en esta ciudad de ciegos, trafiquemos sonrisas entonces, sueños, pues pareciera que es lo único que está prohibido en este lugar; ya no es lo mismo Bucoy, ya no anochece igual por aquí, anochece espantosamente, como si nunca volviera a amanecer de nuevo, ya no hay ampones con uniformados tras de ellos, no hay diferencia entre el rico y el pobre, todos están hambrientos y sin ganas de pugnar, ya no se escucha más el mismo caos del ayer.

Decía tristemente acomodando su huesudo trasero en el banquillo frente a la barra de la tertulia, “no importa lo que pasara; el tiempo va”, en su memoria se iban recreando aquellos recuerdos de la juventud, aquella entrañable amistad con el revólver que nunca lo dejaba solo, el estallido y después la caída del enemigo frente a sus ojos, que componían una armoniosa sinfonía en sus oídos, esos mismos oídos que ahora escuchaban el frágil chocar de las copas de todos los gánsteres olvidados de la ciudad. ¿Qué puede hacer un viejo ampón en una ciudad vieja y pobre?, ¿qué puede hacer una ciudad vieja y pobre sin un viejo ampón? todas las ciudades deberían tener sus viejos ampones olvidados, arrinconados en los cafés y los casinos, en las fondas, como un retrato o un trofeo, para recordar que aquella ciudad fue prospera en algún momento.

La profundidad de la noche iba aumentando, así como los recuerdos se amontonaban en la cabeza del viejo Coleman, se arremolinaban punzantes como destellos fugaces, efímeros mismos como las estrellas pobres que aun se podían ver esa noche de natividad, misma noche de carencias en los hogares con viejos de sombreros polvorosos y arcaicos y pequeños niños que esperan la llegada del Nicolás, que se había olvidado de aquella ciudad.

Dentro, en la tertulia, el whisky parecía evaporarse, a lo que Coleman pidió a Bucoy que le trajese la botella entera de Borboun, y siguió colmando la pequeña copa por lo largo de la noche, acompañando el momento con las ratas y los grillos que reñían, los gánsteres ya se habían retirado a sus casas en los viejos Bugattis agujereados. La melodía se coreaba constantemente “la historia se repite, vibrar con las pasiones, triunfar o fracasar, el mundo es para siempre joven, y el tiempo, el tiempo va”

Coleman aventó un fajo de billetes sobre la barra, se reclino el sombrero de lado, peino su delicado mostacho, tomó la pistola por el mango y arrojo aquellas viejas palabras por las que aún hoy se le recuerda en los viejos bodegones, los callejones, las callejas, en las tabernas, los penales, en los casinos y aquí, en la tertulia, hasta la fecha, algunos borrachos aún pronuncian:

Deja de servir tragos, compra un regalo para tus hijos, búscate un traje y dile a Bertha que nunca la olvidé.

martes, 21 de julio de 2009

Un tango con mucho frío



Se sintió indeleble, ante la monótona inseguridad que presidía por las calles, sus pasos duros y confiados hacían temblar el pavimento, y el eco de sus tacones anunciaba su llegada al Copa Cabana, hacía tiempo que no se sentía tan seguro, no desde aquella vez en que el maltes había triunfado por una cabeza en la carrera del año, misma noche en que había conocido al amor de sua vida y que ahora se había convertido en un gravamen más para su errada existencia, pues los lujos de modelo retirada resultaban más caros que el equivalente a la cabeza del maltes, si ésta estuviese en venta; estamos hablando de hace diez años y cien mil dólares en el pasado, su popularidad de nuevo rico le valió para colarse en los ambientes más naif de la metrópoli y vender todo tipo de narcóticos a todo tipo de individuos, ahora su rostro de rufián se estampaba públicamente en los muros de los barrios mezquinos para solicitar su captura, con una larga condena y el mínimo de recompensa, su cabeza valía mucho menos que la bellaca cabeza de un equino, qué vergüenza, se decía él, qué vergüenza ñato, sacudiéndose el sombrero de nítida nieve que caía a borbotones, limpiando la porquería de las calles y llevándose el calor de los prostíbulos. Ver caer la nieve sobre Buenos Aires era algo así como haber sido testigo del descubrimiento de América por Cristóbal Colón. De modo que todos en Buenos Aires deberían estar entre deslumbrados por el inusitado espectáculo y, a la vez, molestos por el frío, pero para Joselillo aquello era una punzada de buena suerte, porque tendría las callejas para él solo.. Aquella luna ninguna patrulla arribó a su presencia, ningún truhán se intercepto por su vía, ninguna cuchilla amedrentó su persona, hasta los hombres pudientes se bajaban de la acera, ensuciando sus zapatillas de ocasión con las aguas para dejar que el Joselillo pasara libremente por la banquetilla, ya se auguraba la impaciente reconciliación con el sexo opuesto, y por poco podía oler la fragancia sobre los pechos de una mujer que no cobrara por sus caricias, una de esas que suelen usar bragas nuevas y no roídas o ambarinas como las pertenecientes a las del Copa Cabana, una mujer de a deberás. La suerte le había llegado en forma de temporal aquella noche, después de tanta sombra.
Le confirió la suerte al cigarrillo, el cigarro huérfano, el ultimo cigarro de la cajetilla que le había brindado Juan Mostaza, no creía en ese pauta de augurios, pero aquella noche era lo más lógico - ¡Santo Mostaza de los boleros de Gardel, Dios te bendiga, che!, pero ¿Cuánto dura la suerte de un cigarrillo? ¿Cuánto dura la vida para estar pensando en la suerte de un cigarro?, un cigarro es la metáfora de la vida, que se enciende con la intensidad de las flores de abril y se consume con el frio de diciembre, se cumple la ultima chispa en el infierno que no existe, pero que duele todos los días, y todos los días se busca para zafarse de ese infierno ficticio, de esa consumación de la vida. Eran los pensamientos de un Joselillo en resurrección, después de años de interminable espera, de añejar el whisky en la gaveta, de guardar el traje de lino blanco que aquella noche se veía más inmaculado que en ningún tiempo, camuflajedo con la nevada de las calles y la nieve de su cabello, la escarcha que había dejado el tiempo.
Ya auguraban los pasos su llegada, vaticinaba el temporal la calma, el Copa Cabana resplandecía como antiguamente lo solía hacer, todavía se exprimían de sangre los fregones que limpian sus pisos y la armonía de golpes se escuchaba melódicamente, sentía por lo ardiente de sus puños que había resurgido de alguna manera, elevando los brazos como alones de ave fénix para peinarse, se juzgó en el sitio adecuado.
Entrando el lugar se quedó chico para su presencia, el unísono de exclamaciones era ideal para sus oídos, y la imagen colectiva de las bocas abiertas le suministraba aliento, el Copa Cabana quedó enmudecido, ¿pero cómo se había atrevido?, Sí entrar a ese lugar para Joselillo representaba la tumba, expresaban al unánime, los cartuchos cortaron al son del compas, uno después de otro, rítmicamente, nadie supo de donde salieron tantas metralletas, ni tantos hombres con metralletas, los hombres de bardí, que detrás, amurallados por sus putas vociferaba: Ponele "¡Qué noche!", Joselo, bonita noche para salir de chito. Joselillo pudo haber experimentado todo tipo de sensaciones o acaso ninguna, ya que estaba completamente abstraído, tarareando las notas de un tango que se le acababa de ocurrir. La inspiración suele llegar cuando se le antoja y, a veces, no en el momento más propicio para crear una obra de arte y aquella era no precisamente una pieza de música. Enfundado sólo por su navaja suiza se puso a bailar la milonga en el pescuezo de los hampones. Y ahí estaban Juan Mostaza, y el chino Moncada, el muñeco y el marquesito a la entrada del Copa, cuidando la espalda del Travoltita, y tras los hombres armados con pequeñas calibre veinticinco las mujeres del Joselillo, impidiendo que estos tiraran del gatillo. Pucha, pero qué noche tan larga.
Aún hay tangos che, de aquella noche, de aquel hombre, de aquella leyenda, inscritos por fieles seguidores en su mausoleo, en su soledad:
Un whisky doble para el alma, dura vita, sed vita

miércoles, 15 de julio de 2009

Nosotros los ciegos


Nosotros los ciegos soñamos que vamos montados sobre orcas que se elevan por ciudades pasteurizadas, soñamos que tenemos muelas en los dedos y quinqués en los pies, soñamos que nos derrumbamos sobre la tierra cada noche y cada noche es como un eterno caer sin despertar, soñamos con ásperas murallas que no terminan nunca, con murmullos de señora y maullidos de gato, con el pánico a no tener miedo, con frecuencias distantes y negruras que bailan entre nosotros, los ciegos soñamos virando la cabeza para advertir lo que soñamos y no soñamos, olfateamos los pesadillas de los demás, escuchamos a las quimeras decir su bonnes nuits lapin, y vivimos en el ámbar dominante de la ofuscación, soñamos a veces con algarabías de indios quechuas y cantos de salvación de incas muertos, soñamos con el apéndice, con las vísceras a falta de orientaciones, se sueña sobre una cama de ébano rodeada de flores de adormidera, con Fantaso y con Ceice porque Morfeo también fue ciego. Todas las noches se sueña con la parábola, porque todo sueño es un simulacro de la verdad. Un sonoro olor a pastizales, sin brillo (en silencio) asoma su escafandra, es La luna de los ciegos.



Se sueña regularmente con perros lazarillos que nos llevan por senderos áureos porque la ceguera no es la ausencia de la luz, si no la totalidad de la nada. Nosotros los ciegos soñamos con despertarnos continuamente, para poder al fin cerrar los ojos.

martes, 14 de julio de 2009

Vicio profundo





Cola de relámpago,
remolino de muertos.
Con el vuelo que llevan,
poco les durará el esfuerzo.



Juan Rulfo (La fórmula secreta)




Con la silla sentada en el cuerpo y puestos los dedos en el ardid, el piso rasgándome las uñas, el aliento cortándome las ansias, matándome las ganas de probarla reiteradamente, con mis ojos en la materia sobre la mesa y la mesa en mis ojos con la materia sobre ella, y ella pasiva, dando tiempo a la colisión, ocupando el espacio exacto en la mesilla, adosándome con las manos temblorosas, acercándome mecánicamente a la masa, observo cautelosamente el volumen y el granel justo a mi dependencia, que coexiste en la cocina, por donde se filtran los rayos de sol estrellándose con el botellón, alumbrando el brebaje oscuro que burbujea y borbotea, causándome sensaciones de deseo y contagio líquido en todo el organismo, por donde fluirá la infusión que se ha vuelto vicio y degradación, tornándose en condena por el resto de mi vida que es pena y la pena es mejora cuando se percibe el gas que se emerge, expulsado por los auras, llegando hasta mi fauces, invitándome a probar la gloria pintada de negro fuliginoso, como la inmensidad que gobierna en este espacio, donde los trastos dolientes se conjugan con la soledad y los cálices ansían cada vez más tu pócima, denotando el vacío en su interior, haciendo notable mi ansiedad plagada de sinuosa sed, que quema y arde en la garganta y en las venas, por donde arrasará el torrente de tus aguas cautelosas, mismas que habitan en tu forma de féretro vetusto y metáfora sin filo de la mujer que no tengo, pero que me hace falta, al igual que me haces falta tú, vicio secreto, profundo vicio, ampolla de los tiempos, conciencia de azúcar y mineral humillante del mundo, mal de los resignados; pues mis manos han de palparte y mis labios apreciarán el alivio de tu formula secreta de veneno disoluto, que en el rojo acabado de la grafía cursiva, responden al nombre en la concisa botella de coca cola.